Sobre autores (Barthes y Foucault)
En su texto La muerte del autor Barthes nos presenta, ya desde el título, con una premisa muy fuerte: el fin del autor como lo conocemos. Barthes afirma al final de su texto que “ [...] el nacimiento del lector se paga con la muerte del Autor.” (p.71)
Por otro lado, Foucault, en su conferencia y como respuesta a este texto, si bien de acuerdo con algunas de las formulaciones presentadas por Barthes, no plantea la desaparición del autor sino un cambio en su funcionamiento. El autor no desaparece por abrir paso al lector como intérprete y dador de sentido a los textos, sino que la función clásica de autor-texto simplemente se ve alterada.
Es posible afirmar que ambos aceptan que dicho autor es, indudablemente, un concepto moderno y algunas de sus perspectivas se superponen más allá de sus diferencias, principalmente debido a que ambos son pensadores estructuralistas.
Reiterando, para Barthes, es imprescindible hacer una distinción entre autor y obra. Habla del “yo de papel” o “yo literario” el cual no debe confundirse con el “yo autoral” real, es decir, la persona como individuo. El autor es meramente quien realiza la acción de poner las palabras en el papel. Sin embargo, no niega que el autor moderno, resultado de una producción social sobre la imagen del autor, no siempre logra desligarse de la obra y que asume una importancia mayor a la que tenía en la Edad Media o el Renacimiento (previo al autor moderno), argumento con el que Foucault también destaca y concuerda. Para Barthes, la crítica literaria busca y ansía analizar la obra desde el autor en lugar del texto mismo, busca darle sentido mediante las ideologías de este creador en lugar de la lingüística misma y eso es un error.
Tras presentarnos estos planteos entonces da lugar a la pregunta “¿Quién habla en el texto?”. Para Barthes, incluso los textos que reflejan una ideología del autor o su cultura, como podría ser por ejemplo el caso del Martin Fierro, poema atravesado fuertemente por un contexto cultural y una concepción ideológica que nos muestra la figura del gaucho a través del autor, aun en estos casos la construcción es literaria, y el yo textual se puede separar del sujeto civil. No es el autor quien habla, sino el lenguaje, y no es el autor quien otorga un sentido único e indiscutible, como un dios, a la obra sino el lector. La idea de un garante de sentido absoluto, plantea Barthes, es equívoca, y el texto es en realidad un espacio de múltiples direcciones e interpretaciones. Esta separación del autor y texto abre la posibilidad de diferentes lecturas, atributo del lector, y por concluyente, da muerte al autor.
Por su lado, como ya dijimos anteriormente, años más tarde Foucault, en su conferencia sobre ¿Qué es un autor?, da una respuesta parcial al texto de Barthes y acepta su proposición en cuanto al lugar del autor moderno, pero se plantea el espacio que deja vacío la desaparición de este y la nueva función del mismo. Además, no cree que el nombre del autor no ejerza ningún tipo de función en relación al discurso. Le otorga entonces una función clasificatoria al nombre del autor que no es posible desligar de la obra por completo, si bien no todos los autores poseen esta “función autor” no todos carecen de ella. Es claro por ejemplo, cuando hablamos de “los cuentos de Borges”, o “los cuentos de Edgar Allan Poe”, la figura del autor está ligada a la descripción de estas obras, y se agrupan textos por virtud de nombre.
Es así como la función-autor se convierte en característica del modo de existencia, circulación y funcionamiento de ciertos discursos, particularmente el discurso literario.
La autoría y la identidad del autor, en cierto punto, influencian entonces el consumo social de la literatura. Más allá del sentido mismo de la obra (como decía Barthes que la crítica buscaba atribuir mediante la ideología del autor y responsabilizarlo cuando el libro es meramente lingüístico) el nombre del autor pasa a ser una fuente de difusión en sí. El nombre del autor tiene un peso que hace que el público quiera consumir la obra por asociación. Esto es notable particularmente cuando la figura del autor ha ganado cierto nivel de prestigio mediante la publicación de obras anteriores.
Podríamos decir que, si bien Barthes y Foucault cuentan con algunos puntos en común (principalmente el concepto de autor moderno y su postura ideológica estructuralista) difieren en gran medida en cuanto al lugar del autor con esta pre-concepción moderna, mientras que Barthes, como implica el título de su texto, afirma que la figura del autor desaparece, “muere”, para Foucault esta figura simplemente se transforma y pasa a cumplir una función diferente a la preexistente, el autor nunca desaparece por completo.
Si bien estos dos autores aplican y desarrollan estas concepciones mas orientadas al texto literario, creo que es posible tomar estas visiones de autor y obra tambien en aspectos como la pintura, las artes plasticas, e incluso la musica.
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